www.anaquelesabarrotados.com (texto y fotos de Jesús Gella Yago)
El pasado 11 de enero, aniversario del nacimiento del pantanoso Slim Harpo y de la publicación del primer LP de Howlin’ Wolf para Crown Records, el cuerpo nos pedía blues. Uno de los locales prescritos para atender esa necesidad en nuestra ciudad es siempre el Rock & Blues Café; y la recomendación de un amigo de probado buen gusto que adjetivó como «imperdible» el concierto programado esa noche, determinó el plan perfecto para un domingo de invierno. Y es que la alianza sellada entre la voz torrencial de Silvia Solans y el músculo instrumental de la Arrazola Blues Band en su sagrada misión de explorar el poliédrico universo del blues desde múltiples ángulos y épocas, confirmó ser una garantía sumando incontestables muestras de oficio, calidad y virtuosismo en absoluto reñidas con la emoción, la belleza y la energía.

Shaking off the blues…
Subió al escenario la Arrazola Bues Band y, a la cuenta de cuatro de las baquetas de Quique Casanova, el cuarteto mostró sus cartas desde el principio con una arrolladora versión de The Brother, pieza instrumental con la que Robben Ford rindió homenaje a los hermanos Jimmie y Stevie Ray Vaughan en su primer trabajo junto a The Blue Line. La poderosa urdimbre armada por la incendiaria guitarra del todoterreno José Luis Arrazola y el órgano de Richi Martínez, sobre el sólido colchón rítmico servido por el bajo de Satur Rodríguez y la batería de Quique, dejaron meridianamente claro cuál iba a ser el tono, devenir e intención del encuentro. ¡Y todavía faltaba sobre el escenario ese huracán llamado Silvia Solans!

Enfundada en un vestido verde aguamarina se colocó Silvia en el foco para invocar el espíritu de una mujer a la que se refirió como «regalo de la providencia». Así, en You know I’m no good, entre vapores de Tanqueray y baños de espuma, supo Silvia caminar por el inevitable filo de la navaja y fundirse con el recuerdo de la trágica, frágil, deslumbrante, incomprendida y luminosa Amy Winehouse, puro dolor, puro rhythm and blues, toda alma.
A continuación echaron la vista atrás para honrar el legado de Gladys Knight, octogenaria y superviviente leyenda del rhythm and blues y el soul, con Midnight train to Georgia. A dos voces la interpretaron Silvia y Richi Martínez, antes de que la guitarra del master José Luis Arrazola nos pusiera el vello como escarpias desde las primeras notas de Still got the blues de Gary Moore. La presentó Silvia cerveza en mano, recordando que el blues nació como «canto de dolor a la injusticia» y declarando su idoneidad para acompañar esos episodios de desamor tan frecuentemente plasmados en algunas de las más bellas canciones. Derrochó voz y presencia escénica mientras José Luishacía llorar su guitarra y nos sacaba las emociones a flor de piel recordando a aquel guitar hero de Belfast que vino a morir a España sin hacer la noticia el ruido que merecía, quizá por moverse Moore en tierra de nadie, siempre entre el fuego cruzado del hard rock y el blues. «¡Y esta es solo la cuarta canción del repertorio!», bromeó Silvia, consciente del impacto que Still got the blueshabía provocado en el público.

Una arrasadora versión de I put a spell on you de Screamin’ Jay Hawkins sirvió para que, durante un solo de guitarra de José Luis, Silvia desplegara su sensualidad con un hechicero baile de aire oriental para ratificar el embrujo al que también sucumbieron Creedence Clearwater Revival o Nina Simone, mientras el ritmo de nuestros latidos se acomodaba al subyugador y obstinado mandato del bajo de Satur y de la batería de Quique.
Un efecto reverb magnificó los evocadores arpegios de José Luis en la intro de I see red, sobrecogedor tema de Everybody loves an outlaw incluido en la serie televisiva 365 days. Alternó Silvia apropiadamente entre la dulzura y la fiereza, poniendo el índice contra su sien y apretando el gatillo con rabia y salvaje desespero para llevar el desgarro de su voz al límite en un catártico clímax. Silvia es una frontwoman espectacular que no se limita a confiar el peso de su interpretación a su evidente poderío vocal, sino que la tapiza además con un cautivador e imponente ejercicio actoral.
A continuación Silvia, con su cristalina locución, presentó el siguiente tema reivindicando la figura de Donny Hathaway al que, aun gozando de menor predicamento que otros grandes del blues y el soul, equiparó a Ottis Redding. Desde el fondo, para validar la afirmación, Satur Rodríguez insinuó con su bajo una línea de Sittin’ on the dock of the bay. De esta forma introdujeron I love you more than you’ll ever know de Donny Hathaway, a la manera de Beth Hart y Joe Bonamassa. Sin duda fue uno de los grandes momentos del concierto, con Silvia desenvolviéndose con aire defemme fatale entre la vaporosa atmósfera propiciada por el trino de hammond de Richi, arañando pieles y almas con esa voz que sabe hacer diana en el centro de cualquier corazón y que un oportuno efecto delay magnificó en algún momento, para terminar postrada de rodillas en pletórico, efusivo y arrebatado éxtasis ante el sinuoso solo de guitarra con el que José Luis llevó la canción a lo más alto.
Se apartó del foco Silvia para darse una merecida tregua después de la exigente exhibición física y vocal del último tema, cediendo el escenario a la Arrazola Blues Band. Los cuatro músicos, con el teclista Richi Martínez haciéndose cargo de la voz, certificaron su virtuosismo y precisión sin dejar de derramar feeling en The thrill is gone de B.B King y groove de sobra en I don’t need no doctor de Nick Ashford. Arrastrado por tal marea sónica el público acompañó con palmas y celebró la salida de José Luis Arrazola y Satur Rodríguez al filo del escenario.

Regresó Silvia para colocarse junto al teclado de Richi Martínez y celebrar mano a mano «el evangelio según Sam Cooke«. Después de reivindicarlo como figura clave en la lucha por los derechos civiles y la igualdad racial a través de su música y su actitud, recurrieron al más incontestable himno de Cooke: A change is gonna come. El sutil arranque a voz y piano al que se fue sumando el resto de la banda invitó a que Silvia apoyara lánguidamente la cabeza sobre el hombro de José Luis, antes de derivar en otro tormentoso derroche de voz y guitar licks que el público supo recompensar con un entusiasmado aplauso

Anunció Silvia que ya encarábamos la recta final del set principal del concierto, recordando la participación de Dan Aykroyd y John Belushi como los hermanos Jake y Elwood Blues en Saturday Night Live. Lo hizo para traer a nuestra memoria aquel glorioso Minnie The Moocher que el propio Cab Calloway interpretó en la película de John Landis cuando The Blues Brothers(Granujas a todo ritmo, 1980) dieron el salto a la gran pantalla. Así, Silvia Solans & Arrazola Blues Band nos invitaron a volver a aquellos tiempos en los que el jazz era un espectáculo absoluto abriendo para nosotros las tentadoras puertas del Cotton Club de Harlem. Satur Rodríguez remedó el sonido de una trompeta con sordina y Silvia jugó con un público bien dispuesto a repetir las célebres onomatopeyas de scat (hi-dee-hi-dee-hi-dee-hi…) y esa inaprehensible secuencia de sílabas que, sin tenerlo, son capaces de dar todo el sentido a la vida.
Tras una rapidísima salida regresaron Silvia Solans & Arrazola Blues Band para ofrecer una suculenta tanda de bises. La inauguraron recurriendo a la irlandesa Imelda May, ya reinventada y sin el característico rizo peroxidado que lucía en su etapa rockabilly junto a Darrel Higham, a través de su confesional y rupturista disco Live, love, flesh & blood. Eligieron el single Black tears y Silvia, dejándose llevar por la enérgica melancolía de la pieza, supo mantener un sugerente equilibrio entre una cándida dulzura y la más elegante sensualidad.
No podía faltar the godfather en esta noche de soul y blues, por lo que James Brown encontró su lugar en esta tanda de bises con una arrolladora versión de It’s a man’s man’s man’s world, que Silvia Solans & Arrazola Blues Bandquisieron acercar a la interpretación del guitarrista Dave Meniketti. El riff inicial fue recibido por Silvia con dramático backbend y un brazo elevado hacia el cielo (si es que existe con tanto diabólico pacto) de los bluesmen y lasblueswomen.
Los últimos y reverberantes arpegios de José Luis Arrazola en It’s a man’s man’s man’s world se encadenaron a las primeras líneas del siguiente y definitivo tema, con las que jugueteó Silvia hasta que la batería de Quique Casanova echó el lazo a toda la banda para asestarnos una contundente versión de Something’s got a hold on me de Etta James que sonó como una auténtica apisonadora. La banda sumó brillantes coros, cada uno de los músicos tuvo su momento sin afectar al todo orgánico que conforman y Silvianos hizo gritar, desbocándose de rodillas para celebrar un prolongado clímax instrumental que por nosotros bien podría haber durado toda la noche.

Y así pusieron Silvia Solans & Arrazola Blues Band un impecable broche a otro de esos encuentros como solo pueden darse en las pequeñas salas que guardan el futuro de la música y que nos dan la vida, gracias a bandas de perseverantes músicos capaces de lograr que un anodino domingo de enero se convierta en una ocasión memorable. La cerveza y la compañía se encargaron del resto.
¡No empieza mal este 2026, confirmando gracias al buen hacer de Sonia Solans & Arrazola Blues Band que la mejor forma de sacudirse el bluesinvernal es, precisamente, una buena dosis de blues!
¡Sin duda repetiremos en la próxima ocasión!
